Qué datos necesitamos para presupuestar una etiqueta
Seis datos convierten una consulta vaga en un presupuesto cerrado. Ninguno es técnico: se responden mirando el producto.
Nueve fallos que se repiten pedido tras pedido. Ninguno es grave por separado; juntos cuestan una reimpresión.
Después de muchos años imprimiendo etiquetas, los problemas se repiten con una regularidad casi cómica. Ninguno es catastrófico por sí solo; el problema es que suelen venir en grupo y acaban en una reimpresión que nadie había presupuestado.
Se toma la medida de la etiqueta anterior sin comprobar si esa etiqueta iba bien. Si la anterior se quedaba corta o pisaba una costura del envase, la nueva repetirá el fallo. Mide el envase y define la etiqueta a partir de ahí.
Se define todo —diseño, material, acabado— y al final aparece la frase «ah, es que la pone la máquina». La aplicación automática condiciona presentación, sentido de salida, mandril y a veces hasta el material. Es de las primeras cosas que hay que decir, no de las últimas.
Ningún monitor reproduce lo que hará la tinta sobre kraft, sobre transparente o bajo un laminado mate. Si el color es crítico —el de la marca, el de una gama—, hay que verlo impreso sobre el material definitivo.
Se calcula la cantidad exacta de producto previsto y se pide eso mismo. No se cuentan las mermas de la puesta en marcha de la máquina, las etiquetas que se estropean al aplicarlas ni las que se quedan pegadas de dos en dos. Un margen razonable evita una reposición urgente que, por ser urgente, costará bastante más.
El error contrario. Con producto que cambia de formato, de normativa o de imagen, un stock grande se convierte en material obsoleto. Es especialmente delicado si la etiqueta lleva fechas, premios o menciones que caducan.
Una modificación en los ingredientes, en el peso o en la dirección del operador implica rehacer el archivo, volver a comprobarlo y, si el trabajo ya está en máquina, tirar lo producido. Cerrar los textos antes de empezar cuesta un día; cambiarlos a mitad cuesta el pedido.
La prueba se firma en diagonal y el error aparece en el palé. Merece la pena que la revise alguien que no haya escrito el texto: quien lo redactó lee lo que quiso poner, no lo que puso. Los puntos calientes son teléfonos, direcciones, pesos, porcentajes, códigos y fechas.
Meses después toca una reposición y el archivo original ya no aparece, o el diseñador que lo hizo no está. Reconstruirlo cuesta tiempo y casi nunca sale idéntico. Guarda el PDF final de imprenta junto con el archivo abierto, y anota la referencia del material y del acabado.
Dos presupuestos con precios muy distintos suelen esconder dos trabajos distintos: otro material, otro acabado, otra presentación o una cantidad diferente. Antes de comparar cifras, compara las especificaciones línea por línea.
Si quieres que revisemos tu caso antes de producir, escríbenos desde contacto o envía los datos en el formulario de presupuesto.
Cuéntanos el producto, las medidas y la cantidad aproximada y preparamos una propuesta ajustada.
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Seis datos convierten una consulta vaga en un presupuesto cerrado. Ninguno es técnico: se responden mirando el producto.
Una etiqueta tiene tres capas y las tres se eligen: la cara impresa, el adhesivo y el soporte. Equivocarse en la de en medio es el fallo más caro.
Un rollo puede llevar la etiqueta correcta y aun así no servir. Cuatro datos evitan que el material se quede en el almacén.
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Cuéntanos qué producto necesitas etiquetar, las medidas y la cantidad aproximada. Si dispones de un diseño o de una etiqueta anterior, puedes adjuntarlo al formulario.