Errores frecuentes al encargar etiquetas personalizadas
Nueve fallos que se repiten pedido tras pedido. Ninguno es grave por separado; juntos cuestan una reimpresión.
Seis datos convierten una consulta vaga en un presupuesto cerrado. Ninguno es técnico: se responden mirando el producto.
Casi todas las consultas empiezan igual: «necesito etiquetas, ¿cuánto cuesta?». Es una pregunta razonable, pero no tiene respuesta, porque el precio de una etiqueta depende de tantas variables como el de un traje. Estos son los datos que de verdad mueven la aguja, ordenados por el peso que tienen en el presupuesto.
Ancho y alto en milímetros. Si la etiqueta no es rectangular, indica la forma o adjunta un dibujo: una etiqueta ovalada, con esquinas redondeadas o con un troquel propio no cuesta lo mismo que un rectángulo, porque puede necesitar una herramienta de corte específica.
Si todavía no sabes la medida, mide el envase y dinos la superficie disponible. Es preferible que la definamos juntos a que se fabrique un formato que luego no cabe o que deja el envase desequilibrado.
La cantidad manda sobre el sistema de impresión. En tiradas cortas suele compensar la impresión digital, que no necesita preparar planchas; en tiradas largas, la flexografía baja mucho el coste por unidad. El punto en que una cosa gana a la otra depende del trabajo, así que conviene decir la cantidad real que se va a consumir, no una cifra de tanteo.
El número de modelos importa tanto como la cantidad total. No es lo mismo 10.000 etiquetas de un solo diseño que 10.000 repartidas en diez referencias: son diez preparaciones distintas.
Aquí no hace falta que aciertes con el nombre técnico; basta con contar dónde va a vivir la etiqueta. Un tarro que pasa por cámara frigorífica, una bolsa que se congela, una caja que viaja en palé al sol o un envase que se manipula con las manos húmedas necesitan adhesivos distintos. Cuéntanos la superficie (vidrio, plástico, cartón corrugado, film, madera), la temperatura de aplicación y la de conservación.
Mate, brillo, laminado, metalizado, estampación en dorado, relieve, barniz selectivo. El acabado es la parte más visible del presupuesto y la que más cambia la percepción del producto en el lineal. Si tienes una referencia —una etiqueta que te gusta, aunque sea de otro sector— envía una foto: ahorra tres correos.
Manual, con dispensador o con máquina etiquetadora. Este dato decide la presentación: si la aplicación es automática, la etiqueta tiene que ir en bobina con unas características muy concretas, y si es manual puede ir en hoja, en unidades o también en bobina. Si hay máquina de por medio, indícanos marca y modelo.
Bobina, hoja o unidad suelta. Y una fecha realista: no un «para ya», sino cuándo necesitas el material en tu almacén. Con esa fecha podemos decirte si el trabajo entra o si hay que buscar una alternativa, en vez de descubrirlo a mitad de producción.
Con eso encima de la mesa, un presupuesto deja de ser una estimación y pasa a ser una propuesta que se puede aceptar. Si te faltan datos, no es problema: cuéntanos lo que sepas y completamos el resto por teléfono.
Cuéntanos el producto, las medidas y la cantidad aproximada y preparamos una propuesta ajustada.
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Nueve fallos que se repiten pedido tras pedido. Ninguno es grave por separado; juntos cuestan una reimpresión.
Una etiqueta tiene tres capas y las tres se eligen: la cara impresa, el adhesivo y el soporte. Equivocarse en la de en medio es el fallo más caro.
Un rollo puede llevar la etiqueta correcta y aun así no servir. Cuatro datos evitan que el material se quede en el almacén.
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Cuéntanos qué producto necesitas etiquetar, las medidas y la cantidad aproximada. Si dispones de un diseño o de una etiqueta anterior, puedes adjuntarlo al formulario.